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XXV Coloquio Internacional de Historia del Arte. La imagen política.

Fecha: 

Del 28 de noviembre al 2 de diciembre, 2001.

 

Lugar: 

San Luis Potosí, México.

 

Este coloquio estará dedicado al estudio de la función del arte en la política y la determinación política del fenómeno artístico. Nos interesa discutir:

1) La intervención de lo artístico en el establecimiento, exaltación,

convalidación o erosión del poder político.

2) La dinámica de poder en la producción estética.

3) Las réplicas sociales a la hegemonía.

 

También es preciso examinar la investidura sensible de la política y la discusión de la noción de “poder” de las imágenes como artefactos activados.

Es decir, las analogías que existen entre la legitimidad del poder y la atribución de poder que damos a las obras o a los mismos artistas. La política involucra decisiones, genera documentos como contratos y leyes, y actos de gobierno o de oposición al régimen. Los medios artísticos siempre se han desempeñado como una articulación complementaria para los procesos políticos en ceremonias, fiestas, partituras, monumentos, retratos, monedas, carteles y grafitti, edificios, programas televisivos, etcétera.

Al abordar el uso, genealogía y tipología de las imágenes políticas situadas en su contexto, la historia del arte busca entender su compleja dinámica de producción, recepción y revisión. Además de volver legibles las imágenes políticas del pasado, nuestra disciplina puede analizar la relación entre una construcción artística y su función comunicativa.

Las imágenes aparecen en los procesos políticos como fuerzas simbólicas que sirven tanto para la persuasión o manipulación colectiva, como para la auto-definición de la sociedad. Sin embargo, la obra de arte no funciona sólo como ilustración unidimensional del poder o recurso identitario, pues está sujeta a la ambigüedad y resignificación. Sus efectos no son lineales: una imagen con frecuencia acaba generando un mensaje contradictorio en la mente de sus destinatarios, según las capacidades de recepción de éstos, sus normas y costumbres, o su malicia visual. Incluso se le mira como botín en disputa, merced a un mecanismo de apropiación, por las distintas facciones contendientes. En suma, el estudio de la producción y recepción de las imágenes políticas permite obtener conclusiones acerca del papel que tienen los valores del Estado en la formación de una comunidad y los inevitables conflictos por asumir su control.

 

Mesas de trabajo:

I. Cuerpos políticos: visualidad y representación.

Las nociones abstractas de la política (Autoridad y Potestad, Reino, Soberanía, Ley, Estado, Pueblo) se han concebido a lo largo de la historia, merced a un proceso analógico, en formas concretas o personificaciones simbólicas. El arte ha sido el medio más eficaz para dar consistencia visual a las complejas abstracciones políticas. Estas imágenes sensibles que organizan mentalmente a la sociedad, derivadas de entelequias sociales y jurídicas, son también representaciones de personas y cuerpos “parlantes” por medio de sus atributos o gestualidad. Lo mismo puede decirse para la configuración de algunos espacios, ajustados a un programa tan funcional como alegórico, que marcan visualmente una jerarquía de poder. Estas concreciones no son meramente figuradas: articulan el pensamiento filosófico o jurídico y codifican la práctica social.

 

La mesa hará énfasis en la forma como el cuerpo humano y surepresentación han servido de código fundamental para el pensamiento político, no sólo por su ademán y gesto sino por la proyección metonímica que tiene como retrato del régimen (cabeza) y la sociedad (extremidades). De igual manera se valorará la expresión espacial de la realidad política, por medio del paisaje “politizado” o la práctica de la cartografía como conciencia de la territorialidad. Algo que es mucho más patente en el urbanismo y la programación arquitectónica, que recogen las vistas de ciudades o el fotorreportaje, como la representación más acabada de la  civitas (la comunidad política), constantemente sujetas a la transformación del espacio y de su sentido. Incluso el discurso de un guión museográfico reproduce a escala todo un modelo de orden o discurso político. Las artes escénicas y la fiesta desarrollan un papel privilegiado en la modificación de ese espacio, de suyo tan cargado de significación.

 

II. Iconografía del poder: tipologías, usos, medios.

El uso que el poder hace al formular, instrumentar y distribuir determinados motivos iconográficos, genera una tipología de temas y medios que es menester desentrañar. De hecho, cada tipo de régimen de gobierno (monarquías, democracias o dictaduras) establece una base de códigos visuales peculiares, ya para convocar o intimidar al pueblo que gobierna. Los conocidos atributos emblemáticos de las monarquías, ligados al estilo de sus casas dinásticas, o los de las dictaduras del siglo XX, así como las tiranías del  mundo antiguo, tenían muy en claro el valor coercitivo que conllevan los programas iconográficos o del rito político. La democracia, desde la teoría aristotélica hasta la tele-democracia actual, se ha preocupado por significar las bondades de sus sistemas políticos. Cada contexto cultural interviene el sentido de “la política de la imagen” y esta movilidad, en lo arquitectónico como en las artes bidimensionales, siempre busca asociarse con motivos prestigiosos que, a su vez, pretenden evocar la memoria social de un pueblo. Por medio del uso de estos repertorios, y la recepción y transformación de sus mensajes visuales, se autodefine la intencionalidad de los sujetos históricos. Hay una fórmula iconográfica que encarna en personajes reconocibles (como el retrato cortesano) y así, en torno al estadista, al sátrapa, al héroe, al príncipe o al pontífice, se genera un código de imágenes que buscan fijar sus características propias.

 

Por todo esto es importante analizar el efecto de los medios artísticos en la formación del lenguaje político y las revoluciones tecnológicas en su producción y difusión masiva. Los medios de reproducción, que han cambiado profundamente nuestra capacidad de crítica, provocan preguntas a nivel sociólogico que es necesario contestar mediante el diálogo entre productor y el receptor, y la identificación de los topos y estándares visuales que allí se generan y activan.

 

III. Iconografía del “contrapoder”: resistencia, transgresión y conflicto.

La emergencia de cualquier forma de gobierno trae aparejada sus reacciones o contrapesos, los inevitables ajustes, pactos, resistencias o conflictos de que se valen los gobernados y minorías para hacer sentir su capacidad de réplica social. Tanto las comunidades religiosas que se adjudican el deber “natural” de fungir como el censor moral del régimen temporal, las comunidades utópicas o los mismos socialistas que consideran al estado como un “mal necesario”, se expresan de muy distintas maneras ante una forma particular de “control político”. Incluso, estos movimientos se valen de una construcción ideológica, como el fundamentalismo, las autonomías o los nacionalismos, como forma de enfrentar al poder bajo cualquiera de sus constituciones. Estas tradiciones del “contrapoder” también están representadas mediante el discurso de las sociedades intermedias que buscan la moderación del Leviatán que encuentran su lugar cuando un aparato estatal atrofiado, burocratizado, necesita de la renovación constante de un diálogo con la ciudadanía libre y espontáneo. Para ellos las imágenes son un artefacto de lucha: para resistir, adoctrinar, propagar o transgredir al ente dominante que se quiere enfrentar.

Así la imagen se activa como medio testimonial, incluso con clave oculta, en medio del vasallaje, la marginación o la opresión. En esta mesa se convoca a participar con trabajos que aborden expresiones tales como: los mitos liberadores, las figuras o programas proféticos, las escenas de guerra y levantamientos populares, los fusilamientos y conculcación de imágenes, las estrategias visuales del tiranicidio, el regicidio o el golpe de estado, la subcultura del folleto y el panfleto, la caricatura política, la alteración de los programas iconográficos “oficiales”, el uso de la historia o la mitología como metáfora del presente, la alegoría como mecanismo de ambigüedad y resistencia durante los procesos de emancipación, la fiesta paródica o el carnaval como subversión del orden político o moral, la instalación como estrategia de denuncia, evasión y análisis de la tortura o la represión estatal. Estos casos, pues, pueden tenerse como recursos contestatarios que se oponen a la fabricación de imágenes unívocas o legitimadoras y deben situarse en medio de la lucha por dominar, desde otra trinchera, los instrumentos de la persuasión.

 

Informes: 

Instituto de Investigaciones Estéticas

Circuito Mario de la Cueva s/n

Zona Cultural, Ciudad Universitaria

Coyoacan, 04510, México, D.F.

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