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Tránsitos de una experiencia estética: del vacío a Modigliani

Omar G. Villegas*
ogv57@yahoo.com

La habitación de la memoria es blanca y espaciosa. La luz lo inunda todo. Empapa las cuatro paredes inmaculadas. Ni una mancha, ni ventanas ni rendijas. Sólo un cubo sellado. No se advierte de dónde proviene la luz que todo lo baña. Estás de pie en medio. Inmóvil. Miras tratando de invocar episodios para reconstruir tu historia del arte o, mejor dicho, aquellos momentos que han moldeado tu concepción del arte, así, in extenso y de manera subjetiva. Intempestivamente llega el vértigo. Es como si de pronto sintieras que desfalleces, aunque te quedas de pie sin alterar tu postura. De súbito aparece frente a ti un punto negro que comienza a expandirse hasta invadir el blanco reinado del espacio.

De la oscuridad emerge un sonido vago, indescifrable, que paulatinamente se revela: son balbuceos y quejidos de un bebé. Entonces las sombras se empiezan a arremolinar y en ese marasmo se abren franjas de colores: una maraña de pinceladas que asombran a esos pequeños ojos torpes que apenas alcanzan a distinguir siluetas que emergen del caos. Se oyen risitas. Se adivinan manoteos y muecas de un rostro difuminado. Aquella cabecita infantil, sin saber nombrarlos, se emociona con el amarillo, el verde, el azul, el rosa, el negro o el blanco. Sólo se regocija con ellos y trata de capturarlos inútilmente con esas torpes redes de pesca que son sus manos que aprieta o destensa. Un parpadeo…
            … el negro vuelve a caer en cascada sobre el cuarto. Al iluminarse aparecen otras manos, pequeñas igual pero no las regordetas de un bebé, sino unas más audaces, aunque todavía errantes. Apenas puedes sostener unas crayolas. Los dedos danzan sobre una mesa entre suspiros y carcajadas. Sobre la superficie de madera hay hojas maltratadas de papel blanco donde las manos-crayones comienzan a trazar marcas. La trayectoria es azarosa: proyectan una cartografía anárquica donde no hay rutas definidas, sólo caminos que chocan, se unen o se separan. Las hojas se convierten en escenarios donde explotan marañas de colores, texturas y figuras amorfas para una razón adulta, pero que en aquella mente infantil son castillos, animales, princesas, nubes, osos, hermanos, rocas, flores, papás. Aquello que ve y comienza a saber nombrar. Las manos rayan y rayan. Colorean y colorean hasta que se va cubriendo cada resquicio en blanco. Un breve cerrar de ojos…
            … cuando regresa la mirada se ve un cuaderno, y las manos, otra vez las manos. Unas manos curiosas. Ahora la derecha comprime un lápiz mientras la izquierda sirve de respaldo para la cabeza. El lápiz tiene una punta afiladísima. Con una parsimonia ingente la derecha escribe letras de una caligrafía regordeta. Aprieta tan fuerte el lápiz que quedan marcas en los dedos. Está por acabarse la plana, pero no acelera. Sigue con la misma temerosa lentitud hasta que dibuja la última letra. Entonces, cambia de página y en la siguiente aparecen figurillas "vacías" para colmar de colores. Las dos manos se quedan quietas un rato. Después toman un paquete de plumones y la derecha comienza a llenar formas huecas de algún color. No lo hace con frenesí: se contiene para no desparramar ninguna frontera. Sigue patrones. Una voz adulta dice: "No te salgas de la raya porque se ve feo." Crece el esfuerzo por concentrar los colores en terrenos delimitados. Cuando la punta del plumón se acerca a los límites adquiere una mesura que corta la respiración. La concentración se va convirtiendo en sueño. Caen los párpados…

            … se abren aquellas suaves cortinas. Nuevamente las manos. Unas manos sucias, con las uñas mordidas y ansiosas hurgan un libro cualquiera que tomaron de algún rincón de esa casa donde no abundan. Por eso es que aquel libro despertó la curiosidad. Lo abre y comienza a hojearlo con asombro. Deletrea palabras que a veces no comprende. Entre las páginas aparece un asombro: una historieta de Memín Pingüín. El libro queda relegado y la atención se desborda en aquellos personajes singulares. Sobre todo en ese negrito de labios inhumanamente carnosos y de gorra, y su frondosa madre. Desde entonces rebuscaría en la casa por más ejemplares. Más tarde arribaría Condorito. A veces, ya en cama, la mirada quedaba cubierta por aquellos cómics…
            … al quitar la historieta, los ojos se topan con unas manos que revisan un libro de texto. Las extremidades evidencian displicencia. Desgano. Sólo pasan las páginas donde se leen instrucciones y ejercicios por completar. Lo cierras un momento tratando de recomenzar con más ánimo. La atención naufraga en la portada ilustrada con el fragmento de algún mural. Trabajadores, mujeres, flores, niños, herramientas salen al paso. Entonces la imaginación traslada a aquel escenario lejos de gritos de maestros, padres y hermanos, lejos de angustias y de los juegos bruscos de los primos. Simplemente ve. Indaga. Y comienza a cambiar algún personaje por otro; alguna flor por otra. Y ahí se pierde: entre sueños e imaginaciones. Hasta que algún sonido despierta la visión soñolienta…
            … la claridad deja ver unas manos alargadas que trémulamente sostienen un libro. En el título se lee Anatomía. En la portada aparece el dibujo El hombre de Vitruvio de Da Vinci. Lo abres cautelosamente y saltan imágenes de cuerpos desnudos, de hombres y mujeres. Las palpas, las observas con minuciosidad. Lees qué parte del cuerpo es qué y para qué funciona. Músculos y extremidades. órganos, extremidades y cuerpos enteros que provocan una fascinación inaudita. Un gozo estético. Ya no sólo potencian la imaginación, sino que provocan sensaciones que derivan en la construcción de otras imágenes y que al mismo tiempo aluden a personas reales. Las manos se detienen en una página, así hasta agotar el libro y recomenzar. Siempre con la amenaza de reaccionar rápido para cerrarlo y esconderlo del juicio de los padres. Escuchas una llave penetrar el cerrojo: dejas el objeto prohibido en su lugar para correr a la cama y fingir que duermes cuando sólo imaginas y piensas con la vista clausurada…

… al reabrirla la blanca galería comienza a transformarse. Aparecen cuadros en las paredes, puertas y ventanas, grupos de adolescentes. La sala se agranda y reproduce en más cuartos similares donde se desperdigan más cuadros y esculturas e instalaciones y fichas técnicas y letreros y carteles y policías. La habitación de la memoria deviene museo. Se escucha la voz indescifrable de una persona que señala obras: explica y pregunta. Pero tu atención está dispersa. Nada más ves lo que atrapa tu pupila. No pones atención a los detalles, pero te esfuerzas en interesarte. El examen contendrá preguntas al respecto, además. Caminas entre murmullos y de vez en vez miras con ansiedad la salida que ya quisieras traspasar. La mano aparece con un folleto. Lo repasas con desgano y sigues caminado. Después de un tiempo que pareció haberse estirado te acercas a la puerta de salida. El sol del mediodía te deslumbra…
            … cuando recobras la visibilidad permaneces en el museo. Sólo que es de noche. Luces alumbran las salas y la mano sostiene una grabadora de reportero. A tu espalda se aprecian cuadros y gente tomando vino. La atención en medio del barullo debe ser destacable. Frunces el ceño, tratas de agudizar el oído y despabilar la concentración para atender las palabras que dice el artista a quien entrevistas. Lo que oyes cautiva, pero no puedes abandonar la sensación de querer salir corriendo para acabar los pendientes y arrojarte a la cama después de un día cansadísimo. Pero escuchas y preguntas. Platicas un rato con algunos otros reporteros y te diriges a la salida que da hacia una calle oscura, donde comienzas a caminar entre las sombras. Piensas en el artista, la obra, el lenguaje. En El Arte. A lo lejos ves una luz. Te diriges hacia allá. Un coche en altas te obnubila…
            … te sacudes la cabeza y las manos reaparecen. Entre ellas una revista. La abres en una página al azar y surge la reproducción de un cuadro de Modigliani. El pasmo es inmediato. Esa figura alargada de ojos desdibujados subyuga. Acercas la imagen a tus ojos. Hurgas e indagas. Te sobrecogen sensaciones y recuerdos. La ves sin poder dejar de hacerlo hasta que te percatas de que en la siguiente página hay otra. La fascinación se incrementa. Corres a la computadora para buscar la biografía del pintor y más cuadros. Cuando en la pantalla se despliegan estos, simplemente la emoción te desborda. Las manos quieren tocar aquellas figuras. La fotografía de Modigliani completa la fantasía. Un italiano atractivo vestido con las peores fachas en un pobrísimo estudio de París. El tiempo pasa: no sólo las horas; días, meses y años en los que Modigliani se queda alojado en la memoria. Una fría tarde de primavera en Madrid, hace pocos años, esta pasión se consumó en una suerte de acto amoroso. Después de un largo y vertiginoso viaje por distintas ciudades de Europa llegaste con un grupo de amigos a la capital española, donde se exponía una antología de la obra de Modigliani: cuadros, esculturas, dibujos, bocetos, fotografías, cartas. Todo aquello que antes sólo habías visto en libros y revistas ahora estaba enfrente. Te abandonaste. Recorriste las salas con tranquilidad, con embeleso. Ibas y regresabas. Descubrías detalles. Leías fichas y mamparas. La imaginación explotó y desde entonces a cualquier estímulo Modigliani aparece desde algún rincón sombrío, marasmático o luminoso para henchir el alma y la pupila.

           Las sombras se funden con el blanco en matices varios. Modigliani. Siempre Modigliani. El museo de la memoria está poblado de obras, personajes, edificios, imágenes, palabras y, entre ellos, Modigliani.

* Estudió la maestría en Historia del Arte en la UNAM.

Inserción en Imágenes: 17.05.12.
Foto de portal: Cipreses y casas, paisaje del mediodía, 1919, pintura de Amedeo Modigliani.

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