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de archivos


Horizontes de visibilidad¹

 

Deborah Dorotinsky*
deborah.dorotinsky@gmail.com

Alberto del Castillo Troncoso: Rodrigo Moya: una mirada documental, México, Instituto de Investigaciones Estéticas-UNAM, Ediciones
El Milagro, La Jornada, 2011.

En un congreso internacional en Río de Janeiro en 2009, en la distensión de una noche de bossa nova, cerveza y ruidoso relajo, Alberto del Castillo compartió con Rebeca Monroy y conmigo el difícil tránsito en el que se encontraba la publicación de un trabajo de investigación muy largo y en profundidad sobre la obra de Rodrigo Moya. Entre las notas gordas del contrabajo, la carrera del piano y la voz clara de Thais Motta, Alberto fue destejiendo los pormenores del estudio. Dejamos estar el tema hasta unas horas después, y ya en el silencio de otro lugar Rebeca y yo examinamos las posibilidades de tal o cual editorial para la publicación del trabajo, pues el presupuesto de la beca de coinversiones del FONCA no alcanzaba por sí sola. Terminamos por sugerir a Alberto que sometiera su libro a dictamen en el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM. Se trataba de un trabajo prácticamente terminado, diseñado, y del que incluso Alberto tenía ya un dummy.
      En aquel entonces el Instituto de Investigaciones Estéticas había publicado ya cuatro libros de su serie Historia de la Fotografía: Historias para ver: Enrique Díaz fotorreportero, de la propia Rebeca; un libro sobre Weston y Modotti, de la desaparecida Mariana Figarella; el referente a las fotografías del Segundo Imperio, de Arturo Aguilar, y el último, relativo a las fotografías de los hermanos Valleto, de Claudia Negrete. Estas obras consistían en investigaciones que miraban al pasado un tanto lejano del siglo XIX y la primera mitad del XX; la serie se iniciaba con el acercamiento al fotoperiodismo por parte de Monroy en su estudio sobre las imágenes de Enrique El Gordito Díaz.
      Por lo anterior, la posibilidad de que el Instituto publicara el libro de Alberto no resultaba remota ni fuera de lugar. La idea se basaba en la continuidad de una colección editorial que, sin estar planeada exactamente como tal, demostraba su importancia con las cuatro obras ya publicadas por la institución. Considero un gran acierto que el Instituto haya sacado a la luz pública este libro. Con su aparición se fortalece el trabajo de revisión histórica, estética e historiográfica de las historias de la fotografía en México, la de prensa en particular.

      El libro Rodrigo Moya, una mirada documental constituye una admirable provocación para seguir excavando en el archivo del fotógrafo. Con todos los indicios que Del Castillo va dejando regados a lo largo de su texto muestra diversas vías de investigación aún pendientes. Que el autor de estas fotografías esté vivo, responda, argumente, haga observaciones, discuta y manifieste su punto de vista como creador es a la vez una ventaja y una enorme complicación para el investigador. Es justamente en el logro del difícil equilibrio entre dos autores –la trama de intercambios entre sujetos con ideologías, agendas y preocupaciones propias– donde se encuentra una de las grandes virtudes de la obra. Se trata, revisando el proceso de su gestación, de hacer patente el horizonte de visibilidad de un trabajo de extrema complejidad que implica la negociación entre la voz del investigador y los deseos del fotógrafo. Una prueba de voluntades, un ejercicio de respeto, más un tango acentuado que un bossa nova.
      El estudio preparado por Del Castillo para este libro se suma a las investigaciones muy acuciosas ya publicadas por el historiador en otros momentos: la construcción de la infancia en el porfiriato; la revisión general de episodios fotográficos en la primera mitad del siglo XX para Imaginarios y fotografía en México; las fotografías del movimiento estudiantil del 68, y de última fecha su trabajo sobre la colección fotográfica de Isidro Fabela. El proyecto que comparte con Monroy en el seminario La Mirada Documental, atestigua su vocación de formar nuevos cuadros de investigadores en historia de la fotografía de prensa, y ha dado ya frutos como los del primer coloquio de dicho seminario en 2010 y se esperan otros en relación con la próxima exposición retrospectiva del trabajo de Pedro Valtierra.
      Con Rodrigo Moya, una mirada documental Del Castillo afirma no sólo una vocación sino ante todo una metodología de investigación y una estructura narrativa clara y fluida. Sin embargo, la riqueza principal de este libro radica, a mi modo de ver, en las reflexiones cuidadosas y constantes que el autor presenta: en el texto del fotorreportaje y respecto a las fotografías publicadas y las imágenes halladas en el archivo de Moya que no encontraron espacio en la prensa. En este sentido, problematizar la labor del fotorreportero enriquece la reflexión como veremos más adelante.
      El libro está organizado en siete capítulos más la Introducción. La estructura es resultado de la articulación de una propuesta historiográfica crítica que localiza la producción de Moya en el tiempo y en el espacio a partir de estudios de caso de reportajes representativos. No se trata por ello de una revisión exhaustiva, aunque sí muy representativa. En el camino se van labrando las historias de las revistas Impacto y Sucesos y las de algunos de sus periodistas, y las sitúa a su vez dentro de un mapa político y cultural del país y América Latina que traza muy claramente.
      La Introducción alude a los trabajos precursores sobre la obra de Moya: los de Rosa Casanova y Alejandro Castellanos, y a la exposición que Casanova organizó en 2002 junto con Miguel Fematt bajo el título Fuera de moda. La publicación que siguió fue Rodrigo Moya. Foto insurrecta, con ensayos de Alfonso Morales y Juan Manuel Aurrecoechea. En ella, Morales señala una de las premisas de las que parte la investigación de Alberto del Castillo: para Rodrigo Moya fotografiar no es "sólo registrar, sino también construir ámbitos, posibilitar el encuentro con realidades desconocidas o apenas entrevistas" ².

      Del Castillo aclara que su estudio pretende "continuar y profundizar una valoración crítica de la obra de Moya a partir del análisis de los contextos políticos y culturales, así como de los proyectos editoriales que albergaron y dieron sentido a su trabajo en las décadas de los cincuenta y sesenta del siglo pasado". Por si no quedara clara la importancia de entender el espacio de la revista como constructor de sentido, el autor subraya más adelante: "Aquí trataremos de situar la obra de Moya en su contexto editorial específico y desde ahí trazar distintas pistas de interpretación para la posible lectura de las imágenes" (p. 11). Y no es que con esto Del Castillo siga en forma ciega el mandato de McLuhan de "el medio es el mensaje", sino que atender finalmente el medio en el que circularon las imágenes implica hacer explícitos y muy claros los procesos de diseño editorial y de ingerencia del fotógrafo –desde las decisiones de la selección hasta la puesta en página–, como partes constructoras del sentido y perspectiva del trabajo fotográfico. Aquí también nos presenta a los diferentes periodistas con los que colaboró el fotógrafo; los más frecuentes: Antonio Rodríguez, Alberto Domingo, águeda Ruiz, Froilán Manjares y Mario Menéndez. Con ellos nos vamos encontrando poco a poco en el resto del libro (p. 13).

      También sabemos del uso sucesivo de Moya de diferentes cámaras y del descarte casi inmediato de imágenes, lo que llevó a dejar inéditos en el archivo del fotógrafo quizás entre 50% y 60% de los negativos producidos. Asimismo, descubrimos que la mirada del fotógrafo cambia con los tiempos, que sus impresiones contemporáneas de esas imágenes archivadas invocan nuevas exigencias estéticas, mayores retos para el impresor y un ajuste aún más sofisticado de la mirada que contrasta, busca el balance, y finalmente se rinde a la caricia de la superficie del papel.
      Para Del Castillo, una de las grandes ventajas de esta investigación fue el libre tránsito por el archivo fotográfico de Moya, gracias a lo cual pudo discernir las posibles claves respecto de la mirada del fotógrafo, además de analizar su lógica de trabajo a partir de secuencias y su posterior cotejo con las miradas editoriales de las revistas. De la Introducción cabe resaltar tres elementos fundamentales que ayudan a entender las "marcas" de la mirada documental y de autor de Moya: su cercanía con el trabajo teatral a través de su padre y, por ende, una sensibilidad peculiar respecto de los montajes y escenificaciones; la importancia de la condición física ágil y atlética del fotógrafo, que le permitía desarrollar la tercera: la danza envolvente del reportero que, cual boxeador en pleno ring, espera localizar, al moverse alrededor de su adversario, el punto perfecto para asestar el golpe, o apretar el obturador, en este caso. El "instante decisivo" de Cartier-Bresson convertido en ágiles intervalos puntualizados por el disparo de la cámara.
      En el primer capítulo, "La construcción de una mirada", se presentan las primeras etapas en la formación de Moya como fotorreportero en la revista Impacto, al lado del fotógrafo Guillermo Angulo, el periodista y crítico de arte Antonio Rodríguez y la mirada editorial del director de la revista, el tabasqueño Regino Hernández Llergo. Entre otras imágenes fotográficas, aquí aparece la vibrante presencia de la "epiléptica y enloquecida Gloria Ríos" de 1956, quien se sacude y grita al ritmo de un furioso rock and roll, y el reportaje "Bembé" de 1958 de la bailarina Caridad Valdés, que Moya fotografió bajo pésimas condiciones de iluminación. Pero también dan inicio en Impacto los reportajes sobre las protestas multitudinarias de maestros y estudiantes y los abusos sufridos por el magisterio en manos del ejercito y la policía en 1958. Aquí hay que destacar la secuencia de la marcha del movimiento magisterial del Monumento de la Revolución a Palacio Nacional reportada junto con Domingo, y que nos permite apreciar los diferentes puntos de toma que Moya fue encontrando y, de esta manera, las variadas perspectivas de esta marcha. Al trabajo en Impacto le siguieron su paso por la Dirección de Conservación y Restauración del INAH y mucha actividad como fotógrafo freelance.
      En el segundo capítulo, "La consolidación de un trabajo", Del Castillo nos introduce en la agenda política y social de Moya. Asimismo, escribe acerca de su ingreso a la revista Sucesos en 1964. Con la narración del quehacer de Moya, Del Castillo va tramando también la historia de la publicación y su transición política de una revista de periodismo más bien "ramplón" a una de posición de izquierda cada vez más comprometida socialmente a partir del cambio de dirección de Alatriste a Menéndez. Pero la apertura política que se acercó más a las inclinaciones del reportero no implicó mayor sensibilidad hacia la imagen. Ahí, nos dice Del Castillo, Moya aprovechó lo primero para modificar lo segundo, y "abrir espacios más amplios para la puesta en página de sus fotografías y las del resto de sus colegas". éste es el espacio en el que Moya se lucen con los retratos realizados: los trabajadores petroleros, los talladores de ixtle, los niños. Se combinan aquí las texturas del entorno con la piel de los modelos, sus vestimentas, su cabello.
      En estos dos primeros capítulos se muestra paulatinamente la sinestesia que generan las fotografías de Moya. Por ejemplo, el primer capítulo podría haber sido titulado "Fotografías que se escuchan" o "Gritos silentes", y el segundo, "Imágenes desde las yemas de los dedos", ya que constituyen un enganche para nuestros otros sentidos.

      "Crónica urbana" es el tercer capítulo; lo dedica a la manera en la que la fotografía de Moya construyó una ciudad. Se trata de fotografías de personajes urbanos, incluidos los edificios. En la página 83 tenemos la imagen de una pequeña que duerme sobre una pila de libros, que apareció en un reportaje de la revista Sucesos que repite fotos utilizadas con anterioridad en Impacto y Continente. Inevitable ver esta imagen sin remitirse al fotomontaje de Lola álvarez Bravo El sueño de los pobres, lo que permite descubrir también una mirada educada en la propia estética del fotógrafo, aunque Del Castillo omite señalarlo. El Bosque de Chapultepec y sus mañaneros atletas, los balnearios, las secuencias de la Pasión en Iztapalapa; la lente de Moya fue recogiendo diversos seres y escenas a manera de fragmentos para armar un rompecabezas capitalino de los años sesenta del siglo XX.
      En el cuarto capítulo, "Proscenio", encontramos fotografías sobre espacios teatrales, ortodoxos y heterodoxos. Estas imágenes constituyen, a decir de Del Castillo, uno de los "registros más amplios de la renovación cultural" llevada a cabo por escritores, escenógrafos y directores teatrales como Héctor Azar, Juan José Gurrola, José Luis Ibáñez, Emilio Carballido, Juan Ibáñez, Manuel Montoso, Juan Soriano y Guillermo Barclay. Pocas publicación recogen el abundante material que se encuentra en el archivo y que bien puede dar cuenta de los cambios en el fenómeno teatral de los sesenta, mismo que espera aún un estudio puntual.
      El quinto capítulo, "En el centro de la insurgencia", se adentra en el trabajo de Moya como corresponsal de guerra: sin viáticos, seguro médico o de vida. Aquí se refrenda la figura del reportero como un hombre audaz, valiente, una figura plasmada ya en los relatos de Antonio Rodríguez sobre algunos fotorreporteros de los cuarenta que eran parte de sus notas "Ases de la cámara". Pero Del Castillo no nada más repite el estereotipo; lo desmonta a partir del análisis del registro de un fusilamiento efectuado por la guerrilla guatemalteca en San Jorge en 1966, del que fueron testigos Manjarrez y Moya: la violencia generadora de violencia. Del Castillo despliega un conocimiento histórico admirable que ubica al lector en los contextos políticos específicos de Guatemala y Venezuela. Esta línea temática en la fotografía de Moya, como señala el investigador en las páginas finales del libro, ha estado sobredimensionada, lo que ha robado atención a otros temas de interés del fotógrafo que han sido opacados y desatendidos.

      En el penúltimo capítulo, "La cúspide de un oficio", asistimos a la recta final de la colaboración de Moya como fotorreportero en la revista Sucesos, cuando logró no sólo editar sus fotos sino escribir sus propios textos. Aquí encontramos las imágenes de Moya sobre el ferrocarril y sus personajes, un acercamiento que nos remite a las imágenes de Robert Frank en The Americans, publicado en 1958. Hallamos en estas páginas los resultados de la doble cámara del fotógrafo (manifestación de sus intereses sociales y estéticos), puesta en práctica mientras fotografiaba un encargo sobre la filmación de La soldadera, con Silvia Pinal. Se trata de las visiones capturadas para su memoria personal, su ojo crítico social, retratos y composiciones de gran expresividad psicológica y riqueza en las gamas de grises, blancos y negros. "La violencia en México" es un reportaje con fotos y texto de Moya para la revista Sucesos que firma con el pseudónimo de Pinco Palino. Las 19 fotografías publicadas provenían del archivo de Moya, casi todas se refieren al episodio estudiantil-magisterial-ferrocarrilero del "verano del descontento" de 1958, y que por motivos políticos no aparecieron en Impacto. Un terrible sentimiento de prefiguración nos embarga al re-visarlas ahora, con el 68 en la memoria. El manejo de la propia ironía de Moya corona este capítulo con la fotografía de un soldado pillado de espaldas orinando bajo un cartel con la leyenda "Demoledores Técnicos Asociados". El último reportaje de Moya publicado en Sucesos, "Fuego en la Catedral", aunado a sus registros del periodo en la Dirección de Monumentos, constituye una referencia obligada para los historiadores del arte colonial que harían bien en atender las imágenes que resguarda el fotógrafo en su archivo.
      "Un retiro prematuro", último capítulo, comprende una reflexión sobre el retiro de Moya de la fotografía profesional a los 34 años de edad en 1967, motivado por circunstancias políticas del momento, al igual que por el desgaste emocional y las presiones económicas que al final de cuentas su doble cámara no logró mitigar del todo. La marginación elegida por el fotógrafo finalmente se fracturó cuando Rodrigo inició el proceso de rescate y revaloración de su trabajo fotoperiodístico. Generoso, agudo, incisivo y sensible, Moya ha sido también un creador que manera insistente invita a los investigadores a echarse un clavado en su archivo. Si la elocuencia y la apertura del fotógrafo no han logrado que acudamos más presurosos a revisar su acervo, estoy segura que el libro reseñado lo conseguirá, por las muchas rutas de trabajo que abre y por constituir un ejemplo contundente de una investigación impecable.

1.Debe escucharse con la música de: http://www.youtube.com/watch?v=x3wehgq5LBU
2.Citado en Rodrigo Moya, una mirada documental, p. 9.
*La doctora Deborah Dorotinsky es investigadora del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM.


Inserción en Imágenes: 02.05.12
Imágen del portal: Gloria Ríos bailando rock and roll. Portada de la revista Impacto, 1956.
Foto: Rodrigo Moya. Tomada de Rodrigo Moya: una mirada documental.
Fotos: Tomadas del libro Rodrigo Moya: una mirada documental de Alberto del Castillo Troncoso.

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