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de archivos

Acerca de mi archivo fotográfico

Michel Zabé*
mzabe@me.com

En esta líneas haré una reseña de mi trabajo. Lo que afirmo ahora puede constatarse en la Colección que lleva mi nombre.
    Llegué a México en 1967, con una Hasselblad y una Nikon. Había salido de un pequeño pueblo de Lorena al noreste de Francia con la finalidad de dar la vuelta al mundo; pero ni el amplio paisaje de Canadá o el de Estados Unidos me prepararon de manera suficiente para la primera mañana que pasé en San Luis Potosí: la gente sentada en el piso ofrecía comida fresca al pie de la ventana de mi autobús, entre colores, olores y palabras nuevas.
    Mi segunda parada fue en el Distrito Federal, en donde mi viaje por el mundo se transformó en una estancia que dura hasta el día de hoy más de cuarenta años. Al principio de mi carrera me dediqué a la fotografía de deportes adscrito a la delegación de fotógrafos del Comité Olímpico Mexicano. Posteriormente, trabajé en ilustración comercial y en publicidad. Sin embargo, la línea de mi trabajo se fue dirigiendo poco a poco en dirección de la fotografía editorial.
    Un buen día, Mario Vásquez, quien era, si recuerdo bien, museógrafo en el Museo Nacional de Antropología, me invitó a fotografiar una serie de piezas que viajarían a Italia. Las piezas debían fotografiarse de inmediato ya que al día siguiente serían empacadas.
    Ese fue el inicio de mi trabajo con las obras artísticas mexicanas, mismo que desde un principio se vio exigido por la premura y precisión con la que siempre, o casi siempre, se tienen que realizar los trabajos editoriales.

    Al mismo tiempo trabajé sin ningún patrocinador con Teresa Castelló en la ilustración del libro Reminiscencia de la comida prehispánica, el cual muestra la amplia variedad de productos comestibles que había en los mercados de México a la llegada de los españoles en el siglo XVI.
    Este libro fue mi primer proyecto editorial. Fernando Gamboa, a la cabeza de Fomento Cultural Banamex, lo editó y reeditó varias veces.
    Desde ese entonces hasta ahora, con más cien libros y catálogos que he ilustrado total o parcialmente, he establecido una conexión entre todas esas obras mexicanas que, aunque distintas en su materia y temporalidad, tienen un elemento común que trasciende el tiempo: la calidad de la cultura que las produjo y las sigue produciendo.
    Siempre ha llamado mi atención esa notable calidad que induce a interesarse por los artistas que la producen y que se halla en la esencia de cada obra. Esta certeza me permitió enriquecer mi ejercicio cotidiano en el ámbito de la fotografía. En mi trabajo intento siempre respetar cada obra mediante la búsqueda constante de los ángulos, de la luz adecuada, en el esfuerzo por revelar el alma de lo que fotografío.
    Fueron muchas las equivocaciones, los desvíos, los esfuerzos que se desbordaron. No obstante, gracias a todo aquello, puedo decir que hay ejemplos muy afortunados de tomas que en su momento me dejaron satisfecho.
    Los trabajos terminaron pero la búsqueda continúa hoy en día. Aquí quiero referirme a un texto de mi amigo Peter Brook, quien sugiere que "hoy en día, la calidad es una palabra muy utilizada, pero también envilecida, muy degradada. Hasta podría decirse que ha perdido su calidad. Y sin embargo, vivimos toda nuestra existencia como si supiéramos intuitivamente lo que quiere decir".

    Si bien yo tampoco puedo definir la calidad con precisión, sé que sobreviene una verdadera alegría ante la calidad lograda y un verdadero sufrimiento ante la calidad traicionada: estas dos experiencias son los motores que constantemente renuevan mi búsqueda profesional y personal.
    Quisiera ahora mencionar algo que parece obvio pero que incluso hoy, ante todos los avances tecnológicos y los bombardeos de imágenes mediáticos, parece no entenderse en toda su relevancia y magnitud: se trata de la importancia de la imagen.
    Ya los chinos lo dijeron: "una imagen vale más que mil palabras". Quizá faltó añadir al aforismo: una imagen de calidad vale más que mil palabras.
    La opción de tomar miles y miles de fotografías mediante todos los medios imaginables y más –cámaras analógicas, digitales, teléfonos celulares, ipads, nintendos, etcétera– efectivamente produce una cantidad ilimitada de imágenes, ¿pero cuántas de ellas valen más que mil palabras? Pareciera que la cantidad prevalece en importancia.
    He visto un considerable número de fotografías que no tratan con respeto a los objetos: deficiente iluminación, fondos inadecuados, distorsiones, increíbles retoques de Photoshop, por no mencionar los problemas de reproducción. Una buena foto mal reproducida equivale a una mala foto.


    Las fotografías, particularmente las que documentan obras, son valiosas siempre y cuando ilustren fielmente las cualidades de los objetos. Por ello es importante que todo el proceso involucre buenas herramientas, materiales adecuados y conocimientos pertinentes y actualizados.
    Estos elementos han sido parte de mi trabajo profesional porque sé lo que implica el manejo de placas, diapositivas e impresiones que se deben mantener y cuidar a lo largo del tiempo.
    De esta manera, durante los años que llevo en México como fotógrafo profesional, he formado un considerable acervo de imágenes de las obras que fotografié para ilustrar libros, catálogos, herramientas de difusión y divulgación cultural. Esas fotografías también documentaron el proceso de mi búsqueda. Quisiera pensar que algunas de ellas la coronaron.
    Sin embargo, tener un archivo personal no fue mi objetivo principal, por lo que desde hace algunos años comencé a pensar que era más conveniente que tuviera otro destino que permanecer conmigo.
    En el transcurso de esos años recibí varias ofertas para obtenerlo –algunas de ellas del extranjero–. Fue entonces que me comunicó el doctor Arturo Pascual, en aquel tiempo director del Instituto de Investigaciones Estéticas, que la Universidad Nacional estaba interesada en mi archivo.


    Sin lugar a dudas, esta Casa de Estudios era el destino adecuado para mi acervo y para lograr los fines que yo pretendía con él. Mi idea se confirmó cuando conocí las instalaciones donde se resguardaría, con el personal altamente capacitado para manejarlo: el Archivo Fotográfico Manuel Toussaint.
    Siempre pensé que esta colección sería de gran utilidad para los especialistas estudiosos del arte mexicano –y arte en el sentido más amplio–. Creí también que la mejor institución para difundirlo, conservarlo y aprovecharlo era la Universidad Nacional Autónoma de México.
    A partir de esa decisión se inició un largo proceso que culminó el 3 de febrero de 2012 y que fue muy afortunado pues el actual director del Instituto, doctor Renato González, retomó con interés y entusiasmo este proyecto. Sé que compartimos una idea fundamental sobre la importancia de la imagen y su utilidad para el conocimiento del arte mexicano. Espero que a lo largo del tiempo el archivo cubra este propósito.
    Quiero aprovechar estas líneas para agradecer a las personas involucradas en la formación de mi archivo: Karen Anderson, María Chimal, Natalia Estrada, Enrique Macías, Omar Luis, Gerardo Landa y María de Lourdes Gallardo.


    Me resulta muy grato y es un gran honor que mi colección forme parte del Archivo Fotográfico Manuel Toussaint del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM.


Inserción en Imágenes: 09.03.2012

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