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de archivos

Tres tumbas con símbolos masones en el convento de San Agustín de Jonacatepec, Morelos

América Malbrán Porto*
amalbranp@gmail.com

Enrique Méndez Torres**
vengati@hotmail.com

A 20 minutos de la ciudad de Cuautla, al oriente del estado de Morelos, se localiza el municipio de Jonacatepec. Su nombre viene del nahuatl xonacatl, "cebolla", y tepe-tl, "cerro". El vocablo puede traducirse como "Cerro de las cebollas", al parecer aludiendo a los bulbos de ciertas azucenas blancas que son comunes en el área.
           Destaca en el paisaje el imponente convento agustino, dedicado directamente a san Agustín, obispo de Hipona. Se trata de uno de los conventos más antiguos de la región, fundado por fray Jerónimo de San Esteban y Juan Cruzate hacia 1557 (Fig. 1). Nueve años después, fue elevado a la categoría de doctrina, y para 1571, San Agustín Jonacatepec tenía bajo su jurisdicción nueve visitas: Amacuitlapilco, Chalcatzingo, Tetela, Teliuztaca, Atlacahualoyan, Axochiapan, Atotonilco, Tepalzingo y Temoac (1).
           El convento de Jonacatepec se mantuvo como tal hasta mediados del siglo XIX, época en que dejó de funcionar, "pues en un informe de 1874 se afirmó que una parte servía de escuela para niños, otra de cuartel para la fuerza de seguridad pública, y algunas de las habitaciones de la parte alta eran ocupadas por el cura del lugar. El atrio se utilizó como cementerio, mercado, teatro, tierra de cultivo, campo experimental agrícola y de fútbol, entre otros usos"(2).
           De la época de la Revolución mexicana datan las horadaciones que presentan las fachadas sur y poniente del templo, así como parte del campanario, probablemente a consecuencia de impactos de proyectiles.
           El atrio del convento es de grandes dimensiones, lo que nos indica que la población indígena sujeta a la cabecera de San Agustín Jonacatepec durante el periodo colonial era considerable. En este lugar, año con año se celebra la tradicional Feria de la Cebolla.
           Adosadas a la iglesia del convento se encuentran varias tumbas neoclásicas, que hacia el siglo XIX debieron ser verdaderamente espléndidas. Entre ellas destacan tres monumentos de personas que en vida fueron masones: se pueden identificar por los característicos símbolos relacionados con esta sociedad secreta, que por lo visto no estaba peleada con la iglesia.
           Dos de ellas se localizan cerca de la entrada lateral de la iglesia; hoy han perdido su antigua magnificencia pero nos permiten apreciar parte de su sistema constructivo a base de ladrillos. Desgraciadamente están ausentes las lápidas con los nombres de la familia o los difuntos que las ocupan, lo cual nos sería de utilidad actualmente para indagar más sobre los pobladores del lugar. Las tumbas son sobrias y presentan una columna, aunque con variantes entre una y otra.
           En la primera de ellas (Fig. 2) se aprecia una columna estriada, de estilo clásico, sin capitel, a cuyos costados se colocaron dos volutas, las cuales parecieran ejercer presión para mantener el monumento en posición vertical. La sección destinada a albergar el ataúd tenía dos pequeñas columnas al frente que hoy apenas se distinguen.


           La columna aparece aquí como una alegoría de la unión entre el cielo y la tierra, representando solidez, firmeza y fuerza sustentadora.
           Dentro de la imaginería masónica la columna es un símbolo que pertenece al grupo cósmico que representa el "eje del mundo", junto al árbol, la escala y el mástil. Conecta al cielo, en tanto morada de las divinidades celestes, con la tierra, en tanto morada de los hombres. La columna truncada, por otra parte, representa en la funeraria masónica a los miembros fallecidos.
           La segunda tumba, a pesar de su deterioro (Fig. 3), denota que fue más suntuosa que la anterior. El espacio destinado al ataúd se asemeja a un ara con cuatro soportes; sobre ella aparece un espacio donde debió encontrarse una lápida, enmarcado por dos pequeñas columnas con capitel, relacionadas con la entrada a la eternidad. Hay asimismo un dintel y un frontón cortado en los que ya ha desaparecido el elemento que servía de remate. Igualmente tiene dos grandes volutas que surgen a cada costado de este espacio y se elevan para sostener una columna truncada, asociada a una vida interrumpida prematuramente.


           La tercera tumba se localiza junto a la entrada principal de la iglesia (Fig. 4). Se trata de un monumento sencillo en el que destaca la presencia de una pirámide alargada, símbolo de la construcción: una obra para alcanzar a Dios.
           A diferencia de las tumbas anteriores, ésta posee una lápida de mármol (Fig. 5) en la que se lee: "El Sr. D. Julián Robles. Agosto 9 de 1875. A la edad de 55 años." En el extremo inferior derecho se observa la firma F. Ratz.
           No se sabe a ciencia cierta cuándo se fundaron las primeras logias masónicas en México, aunque algunos autores mencionan que éstas se remontan a finales del siglo XVIII, cuando llegó a nuestro país un nutrido número de súbditos franceses de la corte del virrey. Por su parte, José María Mateos, uno de los fundadores del Rito Nacional en México, señala la existencia, hacia 1806, de una logia del Rito de York ubicada en la calle de las Ratas número 4, hoy Bolívar número 73 (3).


           Como es sabido, la masonería es una sociedad secreta, de ideas, que tiene por objeto la búsqueda de la verdad, desechando el fanatismo y abordando sin prejuicios todas las nuevas aportaciones de la invención humana; estudia la moral universal y cultiva las ciencias y las artes, y no pone obstáculo alguno en la investigación de la verdad.
           Desde el siglo XIX las logias masónicas marcaron la vida política de nuestro país. De sociedades de ideas pasaron a ser organizaciones prepartidistas y prevalecieron hasta el porfiriato (4). Una de las mayores aportaciones de los masones en México y en otros países de América Latina fue contribuir al desarrollo de las ideas liberales e impulsar la consolidación del sistema republicano. Dos masones famosos en México fueron los presidentes Benito Juárez y Porfirio Díaz, coincidentemente los gobernantes que más tiempo han permanecido en el poder.


          Comúnmente el simbolismo masónico se divide en siete grandes grupos:
1. Los adornos: el pavimento de mosaico, la guarda dentada, la estrella rutilante.
Son todos aquellos elementos decorativos que encierran en sí mismos un mensaje moral y que al mismo tiempo otorgan al templo apoyos definitorios de su espacio y tiempo.
2. Los muebles: el volumen de la ley sagrada, la escuadra y el compás.
3. Las joyas: que son de dos tipos: a) móviles: escuadra, nivel y perpendicular; b) fijas: la plancha de trazar, la piedra tosca y la piedra pulida.

4. Utensilios del templo: el sol, la luna, las columnas, la cadena de unión, el ara o altar, el delta, las borlas, las estrellas.

5. Instrumentos de construcción: la vara de 24 pulgadas, el cincel, el mazo.

6. Armas y herramientas: las espadas, el puñal, las varas.
7. Objetos naturales: a) de origen animal: gallo, cordero, serpiente, abejas; b) de origen vegetal: granada, vino, trigo, pan, incienso; y c) de origen mineral: agua, sal, oro, plata, piedra.


            Este simbolismo es quizás una de las partes más importantes de la masonería, la cual estudia y trabaja precisamente con símbolos que son considerados como herramientas básicas para la evolución intelectual y progresiva de sus miembros.


           Desgraciadamente, las tumbas a las que hemos hecho referencia se encuentran en mal estado de conservación; esta circunstancia no impide, sin embargo, apreciar la suntuosidad de que gozaron en un primer momento.
           Sirva el presente ejemplo para revalorar el interesante legado mortuorio que tenemos en los panteones de las iglesias; se trata de un aspecto de nuestra riqueza histórica cultural tangible, la cual, por ser parte de nuestra cotidianidad, pasa muchas veces inadvertida.

*Maestra en Estudios Mesoamericanos por la UNAM. Profesora del Colegio de Estudios Latinoamericanos, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM. Arqueóloga por la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH).

**Estudió la maestría en Antropología en la UNAM. Arqueólogo por la ENAH. Profesor de la licenciatura en Arqueología de la ENAH.

1. María Alicia Puente Lutteroth y Jaime García Mendoza (coords.), "Inventario del Archivo parroquial San Agustín Jonacatepec, Morelos. Diósesis de Cuernavaca. Apoyo al Desarrollo de Archivos y Bibliotecas de México (ADABI)", México, 2009, pp.12-13.

2. Irene Aguilar Zarandona, "índice del Archivo Parroquial de San Agustín, Jonacatepec, Mor.", tesis de licenciatura en Historia, Universidad Iberoamericana, México, 1985, p. 54.

3. José Luis Trueba Lara, Masones en México. Historia del poder oculto, Editorial Grijalbo, México, 2006, pp. 90-92.

4. Ibid., p. 17.

Inserción en Imágenes: 06.08.12.
Foto de portal: Tumba con columna truncada. Ex convento de San Agustín, Jonacatepec, Morelos. Detalle.
Foto: América Malbrán Porto.

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