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rastros

El recuerdo de Clementina

Arnulfo Herrera*
arnulfoh@unam.mx



El sábado 18 de febrero murió Clementina Díaz y de Ovando. La muerte de "la doctora Clemen" o simplemente "Clemen" –como la llamábamos los amigos– no ha sido para nosotros el cierre de una época, ni significa el advenimiento de peores tiempos, es un palo más a la piñata en que se ha transformado nuestro México durante los últimos dos decenios. A los noventa y seis años de edad, la muerte de Clemen nos sigue pareciendo prematura y nos produce un sentimiento de vacío anticipado: sabemos que, de hoy en adelante, las tardes ya no tendrán el gusto que podrían tener con su presencia, no podrán ser como fueron; sin su compañía, sin su conversación, sólo tendremos una especie de viento tenue que desde ahora empobrece todo cuanto nos rodea.
           Ya no oiremos esa voz femenina, teñida por las notas graves del tabaco, cálida, familiar, esa voz que con unas cuantas palabras ponía en orden nuestras inquietudes cuando nos abrumaban los sucesos de la historia reciente. Bastaba una cita de su héroe favorito, el general Riva Palacio, "ni rencores para el pasado, ni temores para el porvenir" y luego, huyendo de la solemnidad, agregaba "mal haya quien dijo miedo, si para morir nací". Porque con todas las distinciones que llevaba en el pecho –sin ostentaciones–, Clemen mantenía los pies en la tierra y salía de "la Facultad" con su sonrisa afable, saludando a los grandes personajes que encontraba a su paso, Salmerón, Aguirre Cárdenas, Bonifaz Nuño, León-Portilla, Moreno de los Arcos (Roberto), pero también a los vigilantes, los funcionarios menores, las secretarias. Su entrada matutina a la Torre I de Humanidades o su salida para comer, se constituían en verdaderos acontecimientos; caminar unos cincuenta pasos y llegar hasta el modesto coche que la aguardaba, era una operación que a veces se demoraba más de media hora. Ella sabía que muchos de esos encuentros no eran casuales, sin embargo ponía atención a todos los que se acercaban a saludarla: "¡Ay! –decía–, Manolito ya me puso en aprietos; quiere que interceda por él, pero Jorge (Carpizo) no quiere que hablemos del tema… No sé cómo voy a hacerle…". "¿Te fijaste Lichita (Elisa García-Barragán) que Roberto está muy demacrado?". Y luego, dirigiéndose a mí:

     –¿Quién es la muchacha que nos saludó en el elevador?
     –Es Lulú, la nueva secretaria… ¿Es simpática, verdad?
     –Está potennnnte… Como a usted le gustan… Recuérdeme de telefonearle mañana a Memo Soberón para que nos ayude con la esposa de Toñito, ojalá que la puedan atender en Nutrición.

           Muy a menudo cargaba con una bolsita de cuero llena de monedas que iba repartiendo por el camino. También en este trayecto, de Coyoacán a Ciudad Universitaria o de regreso, los encuentros no eran casuales. Los pedigüeños estaban atentos, por no decir al acecho de su auto, y cada vez la esperaban más cerca de su casa.

           En una ocasión, don Víctor, su chofer, me contó que a comienzos de los años sesentas, Clementina le gestionó un taxi ante las autoridades del Distrito Federal. Según parece, lo que solía ser un via crucis tramitológico, se convirtió en una divertida velada literaria que terminó con los versos de Francisco Liguori, quien hizo la entrega oficial del vehículo (un "cocodrilo") con unas redondillas improvisadas para el caso.
           Pero todos estos "dispendios" de caridad o compasión o simpatía por el prójimo, en los que Clementina no reparaba pero proseguía religiosamente, tenían facetas gratificantes. En un mundo sin celulares, los malos entendidos con el chofer solían ser frecuentes y causaban estragos. Varias veces salimos de la torre de Rectoría y tuvimos que encaminarnos a Insurgentes para tomar un taxi, pero la Providencia –en la que, como buena liberal, ella no creía–, hizo que jamás llegáramos al extremo de abordar uno. Sin pedir el favor, nunca faltó el conocido de la doctora Clementina que, adivinando nuestra pena, se sintiera feliz por llevarnos hasta la Zona Cultural, donde estaba la nueva sede del Instituto de Investigaciones Estéticas.
           En otra ocasión, esperábamos que Cristóbal el chofer ("oficial de transportes", debe decirse en nuestros politizados días) llegara con Clamen, quien había asistido a una ceremonia en el MUCA. Pasaban las dos de la tarde y el hambre hacía ya los clásicos trastornos en nuestro carácter. Lichita y yo estábamos en el estacionamiento, aguardando a Clemen para irnos juntos a comer. De pronto una patrullita de vigilancia se paró a nuestro lado, se abrió la puerta y Clementina bajó rápidamente presumiendo una agilidad que nos dejó asombrados. "¡Quedan detenidos!", dijo para atenuar nuestro mal humor y nuestra hambre. Había sucedido lo que siempre ocurre en los eventos tumultuosos: ella no vio a Cristóbal y comenzó a caminar por el circuito, los vigilantes la reconocieron y se ofrecieron a llevarla.
           Pero las recompensas se daban también en otros niveles. No sé cuántas veces llegamos a los restaurantes más concurridos de la Ciudad de México sin reservación porque habíamos decidido en el último minuto lo que queríamos comer. El "capi" del lugar llegaba hasta nosotros y después de un recibimiento caluroso, sin el más mínimo reproche, nos conducía hasta alguna de las mesas que tenía reservadas para las emergencias de esa naturaleza. Clemen expresaba sus remordimientos porque habíamos saltado la cola de espera, pero los capitanes de los sitios siempre daban más o menos la misma justificación mientras hacían la seña para que le llevaran a la doctora Clementina su acostumbrado cocktail Margarita: "ellos no reservaron y ni siquiera son nuestros clientes". Las jugosas propinas de Clemen o de Lichita, pero sobre todo la manera cálida de pedir las cosas ("ordenar", dicen nuestros amigos españoles) siempre nos mantuvieron abiertas las puertas de todos los sitios.


           Cuando trabajábamos en la Biblioteca Nacional, Clemen se hacía cargo de sonar la sirena que marcaba la salida. Llegaba hasta el Fondo Reservado y, en medio del silencio cursi que forzábamos los pedantes lectores de esa zona, me gritaba:
     –¡Arnulfito, ya es las una y media; ya cumplimos por hoy! ¡Apúrate… que se acaba la botana!
     Todos reían porque su broma les daba la ocasión de respirar como a un nadador que saca la cabeza para tomar aire después de llevar mucho tiempo sumergido y conteniendo la respiración. Pero lo que no sabían y ni siquiera imaginaban es que no era una broma; efectivamente, era la hora de irnos a la cantina y no es que se acabara la botana, sólo que no nos gustaba "malpasarnos".
     –¿Es cierto –le pregunté una vez– que Riva Palacio le tenía envidia a Justo Sierra?
           –¡No digas tarugadas! ¡Tú eres un hombre que estudió en nuestra Facultad y no puedes hacer eco de esas tonterías! Se trata de una afirmación apresurada de José Luis Martínez. Justo Sierra era un político que crecía con el régimen de don Porfirio y de su compadre Manuel González; a los treinta y cuatro años de edad era un buen periodista, director de un diario liberal conservador, La República, era poeta, novelista, dramaturgo, orador, historiador, profesor de la Escuela Nacional Preparatoria, diputado al Congreso de la Unión, pero no era todavía "el Maestro" que sería treinta años después; con todas esas cualidades, el joven Sierra no podía compararse con Riva Palacio. El General, andaba en sus cincuenta y tantos años, y había sido todo eso y mucho más, era una gloria nacional, había defendido a la patria con las armas y no como simple soldado, sino como alguien que formó ejércitos y decidió rumbos en la guerra contra los secuaces de Maximiliano, era un hombre querido por el pueblo que seguía entonando su "Adiós, mamá Carlota" y celebraba sus ocurrencias. El nuevo régimen lo marginó, pero, con todo, siguió sirviendo a la patria y fue uno de los mejores diplomáticos que tuvimos. Lo que realmente sucedió es que Riva Palacio escribió sus notas críticas en Los ceros, llenas del fino humor que lo caracterizaba, para discutir el positivismo recalcitrante de Sierra. Justo Sierra había increpado al General en la Cámara de Diputados (corría el mes de diciembre de 1881) y sus ataques dejaban ver la pugna entre las dos grandes posiciones ideológicas del momento: la metafísica y el positivismo…

           El día que mataron a Colosio estábamos en Los Almendros. Se nos atragantaron los papatzules y se nos amargó el xtabentún. Clemen se puso muy triste y dijo "ya se están peleando éstos; son tiempos de retroceso, estamos regresando a la época de Obregón y Calles"… y luego agregó el gongorino "¿a qué más desengaños me reserva el hado?"
           Nuestras pláticas de cantina nos llevaron por la bohemia modernista, por la novela histórica del siglo XIX, por los murales de Atotonilco, por la época dorada de los regímenes priistas, por la Nueva Grandeza Mexicana de Salvador Novo, por el boom latinoamericano, por el soneto de las piernas que dejó Terrazas y por el soneto del viento en la prisión de Tlatelolco que dejó Riva Palacio, por la comida mexicana, por la historia de nuestra Universidad.
           A Clemen le gustó mucho una imagen de la resaca que le expresé una vez. En la sobremesa del día anterior nos habíamos tomado dos botellas de Licor 43, cuando vio mi cara esa mañana, preguntó:
     –¿Te sientes mal, verdad?
     –Me siento como perro atropellado.– Le dije.


           Se rió muchísimo y me aseguró que ese día terminaríamos nuestra jornada un poco más temprano para tomarnos unas cervezas medicinales. Su muerte recuerda ahora ese ánimo vacío de los días alcionios. Me siento como perro atropellado y creo que esta vez no habrá cervezas ni licores que puedan mitigar la cruda. No volverán ya esas tardes en nuestra triste Ciudad de México ¡Descanse en paz Clementina Díaz y de Ovando!


*Investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM.


Inserción en Imágenes: 19.04.12
Foto de portal: Clementina Díaz y de Ovando. Foto: Archivo Fotográfico Manuel Toussaint, Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM.
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