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Un nuevo San Jerónimo atribuido a Baltasar de Echave Ibía

Rogelio Ruiz Gomar *
rgomarc@servidor.unam.mx


Con la convicción de que es siempre bienvenida la aparición de una obra inédita de alguno de los afamados pinceles activos en la Nueva España, aprovecho este medio para dar a conocer una nueva versión de San Jerónimo, pintura atribuida a Baltasar de Echave Ibía (c. 1590-1643), importante miembro de la célebre dinastía de “los Echave” que tanto lustre dio a su escuela.(1) Se trata de una obra pintada sobre madera (92 x 71.4 cm) que representa al santo no como doctor de la Iglesia sino en esa otra modalidad tan frecuente en el arte postridentino que le muestra como penitente en su cueva, y que se custodia en España, en una colección particular madrileña. Agradezco a la Galería Caylus de Madrid el haberme concedido acceso a la ficha del cuadro y la cortesía de la imagen del mismo.(2)
            La calidad en el dibujo, la fuerza expresiva de la figura principal, el intenso tono rojo del manto –con que se quiere aludir anacrónicamente a su rango de cardenal– y los buenos pliegues en el mismo revelan a un buen pintor, conocedor de su oficio. Pero la verdad es que el cuadro carece de firma y acaso ni siquiera es obra novohispana. Sin embargo, realmente es tan cercana al estilo conocido de Echave Ibía que bien pudiera ser suya. Y aunque por algún tiempo este artífice fue considerado como un pintor que no parecía capaz de alcanzar altas notas de calidad –algún autor expresó  que “era pintor de efecto y jamás se cuidaba de concluir sus trabajos”–, para últimas fechas se está revalorando su obra y comienza a considerársele mejor pintor de lo que se suponía. La mala impresión descansaba, en buena medida, en la extendida idea de que él era el más débil e irregular de los tres artífices que llevaron el mismo nombre y apellido de Baltasar de Echave.(3) Lo que ocurrió es que tanto su existencia como su más amable producción quedaron opacadas ante la avasallante personalidad y sólido trabajo de su padre, el artista vasco Baltasar de Echave Orio (c. 1550-c. 1623), en un extremo, y la fuerza y expresividad del arte ya decididamente barroco de su propio hijo, Baltasar de Echave Rioja (1632-1682), en el otro.
            Acaso ello sea verdad, pero ni duda cabe que, poseedor de una vena más poética y sin dobleces, el segundo de los Echave supo enriquecer con su arte y fina sensibilidad la pintura del segundo cuarto del siglo XVII en la Nueva España. Su delectación por incluir fondos de paisaje con entonaciones azulosas en sus obras le permitió a Manuel Toussaint bautizarle como “el Echave de los azules”,(4) nota que se ha señalado como la más distintiva de su lenguaje pictórico y que parece derivar de la tradición veneciana o, mejor aún, de la escuela flamenca, a través de las numerosas pinturas sobre lámina de cobre que llegaron a México desde finales del siglo XVI.


           Si bien la obra de Echave Ibía no es muy abundante –y acaso aún haya que restituirle al padre cuadros que se le vienen atribuyendo al hijo–, el San Jerónimo que ahora nos ocupa se viene a sumar a los otros dos cuadros igualmente de san Jerónimo relacionados con él. En los tres se ve al santo, como hombre de avanzada edad y el torso desnudo, haciendo penitencia en una cueva, atento al ángel que desciende tocando la trompeta que alude al Juicio Final; mientras al fondo, en varios planos de profundidad, se despliega un paisaje en tonalidades azulosas.
          Al primero de ellos sólo lo conocemos a través de la ilustración en blanco y negro que acompaña el temprano estudio que Gibson Danes dedicara al artista.(5) Dicho autor dice que el cuadro se conservaba en las galerías de la antigua Academia de San Carlos pero acaso incurrió en alguna confusión pues no hay ninguna otra información que avale ese dato; sea como fuere, desconocemos su paradero actual.

          El segundo cuadro fue localizado hará poco más de veinte años en la sacristía de la catedral de Zamora, en el estado de Michoacán.(6) Obra sobre lienzo (190 x 122 cm) que se diferencia de las otras dos versiones, especialmente en lo concerniente al menor espacio concedido al paisaje; éste, pues, como resultado de que la figura del santo está trabajada a mayor escala y queda totalmente envuelta en la oscuridad de la cueva, ocupa sólo una breve franja hacia el costado derecho de la composición.
          La tercer pintura, que es la que aquí nos ocupa, guarda indudables similitudes con las dos anteriores. La más obvia es, por supuesto, la inclusión del paisaje de tonalidades azulosas en varios planos de profundidad pero comparte con ellas, también, la inclusión del ángel que desciende tocando la trompeta, y la presencia del león que suele acompañar a este santo, por más que así lo pedía el manejo iconográfico. Nota más personal, en cambio, y que vale la pena destacar, es el uso del fino aro para señalar la aureola, alrededor de la cabeza del santo en los tres cuadros.(7)  En lo que toca al fondo de paisaje se relaciona mejor con el cuadro que se encuentra perdido, tanto por su mayor amplitud como porque en ambos hay cabida para unas construcciones en ruinas hacia un plano intermedio. Asimismo, los arbustos silueteados que se observan sobre la cima justo arriba del santo están trazados con la misma energía, pues quedan a contraluz, si bien en el cuadro madrileño las ramas se perfilan mejor y de manera más aguzada.
          A falta de estudios más detenidos que permitan corroborarlo, se puede aceptar que el cuadro pudo haber sido ejecutado por algún buen artífice que, perteneciente a la escuela novohispana, hubiese recogido muchas sugerencias de la pintura flamenca. Y, ciertamente, el primer nombre que se le viene a uno a la cabeza, al ver esta bella obra, es el de Echave Ibía. Con todo, sería prudente no cerrar la puerta a la posibilidad de que resultase obra temprana del tercero y último de los Echave, su hijo Baltasar de Echave Rioja.


          En efecto, así como hay en el cuadro que nos ocupa indudables rasgos en común con la obra de Echave Ibía, también encontramos otros que le separan un poco del lenguaje plástico que gustaba manejar. Para empezar, observamos que el tipo de este san Jerónimo recuerda muchísimo al del san Antonio Abad que conversa con san Pablo ermitaño en la deliciosa lámina que hizo y que se guarda en el Museo Nacional de Arte de la Ciudad de México; empero, resulta algo diferente la manera de construir la cabeza del santo y el trazo de sus rasgos internos, pues en ella encontramos el manejo de ese sombreado en forma de s que desciende de la sien y marca el pómulo, para acentuar el contraste de las áreas de luz y de sombra, rasgo característico, como se ha señalado, en la producción de José Juárez,(8) el celebérrimo artista de la generación que vendría a continuación. Algo similar debemos apuntar en relación con la sombra intensa que envuelve las cavidades oculares y en el costado de la nariz. En otras palabras, estas soluciones parecen haber sido usadas por Echave Ibía sólo en el caso señalado del cuadro con los dos ermitaños; en cambio, se asocian bien con el lenguaje que manejaba su hijo, Echave Rioja.
          En la figura del ángel hay igualmente ciertas diferencias que habría que señalar, pues mientras el tipo mismo de los que aparecen en el San Jerónimo hoy perdido y en el de la catedral de Zamora deriva de los de Echave Orio, aunque más regordete, en éste de Madrid, tanto en tipología como en postura, se asocia mejor con los que pondría de moda unos años después José Juárez; baste cotejarlo, por ejemplo, con los bellos ángeles adolescentes que Juárez plasmó en su cuadro de los Santos niños Justo y Pastor (1653, Museo Nacional de Arte), aunque ahora le veamos más joven y con una cabellera más  abundante.
          Por otro lado, tanto en la mano del santo que sostiene la pluma como en uno de los pies de éste y en el del ángel, se observa una vigorosa separación entre los dedos que tampoco parece haber sido expediente empleado por nuestro artista. Tal parece que dicho rasgo comenzó a usarse, de nueva cuenta, en la pintura novohispana a partir de José Juárez, y que, por lo mismo, se relaciona mejor con el quehacer pictórico de Echave Rioja. Y ya que estamos atendiendo las manos, quizá también convenga llamar la atención sobre otro detalle que está presente en el cuadro que nos ocupa, y que tampoco se observa en la obra conocida de Echave Ibía: el uso de toques de luz y sombra para marcar falanges y nudillos; solución que repetidamente aparece en obras de Echave Rioja.
          Asimismo, aunque Echave Ibía gustó de incluir árboles en sus obras, parecidos a los que ahora vemos en esta pintura, lo cierto es que suelen exhibir una factura un tanto más abreviada que no se ajusta al dibujo preciso en los troncos, ramas y frondas que encontramos en el cuadro de Madrid.
          El marcado contraste de luces y sombras que se aprecia en el cuadro objeto de esta nota es, asimismo, algo diferente al lenguaje pictórico de Echave Ibía, por más que sí haya una o dos obras en que incorpora planteamientos lumínicos similares. En efecto, Echave Ibía también dispuso a sus figuras sobre fondos oscuros para destacarlas mejor pero no gustó manejar un planteamiento tan contrastado en el interior mismo de las figuras.


           Ocurre algo similar en lo que respecta a los pliegues de las telas. En algunas obras de Echave Ibía encontramos drapeados muy marcados con formas un tanto redondeadas en sus extremos, pero ésta será una nota que se aprecie de manera más regular en la producción de su hijo. Asimismo, mientras que Echave Ibía gustaba dotarlas de brillos que les daban unas calidades más satinadas, las que viste el san Jerónimo en el cuadro de Madrid no participan de esa tendencia: están muy bien pintadas pero sin esos brillos tan acentuados.
           Finalmente, amén de las dudas sobre el lenguaje formal que exhibe la obra que nos ocupa, existe otra relacionada con un aspecto técnico; se trata del hecho de que el cuadro está ejecutado sobre madera.(9) A diferencia del padre, que sí realizó la mayor parte de su obra sobre madera, Echave Ibía, salvo en los cuadros de San Juan Bautista y de La Magdalena (en el Museo Nacional de Arte), usó soporte de tela o lámina de cobre para sus pinturas.(10)
           En suma, a reserva de hacer un estudio más detenido, cabe concluir que o, bien estamos ante una obra tardía de Baltasar de Echave Ibía, en la que ya ha asimilado notas de vena más naturalista y ha comenzado a manejar con eficacia los contrastes lumínicos, o es, acaso, una obra temprana de su hijo, Baltasar de Echave Rioja.(11)  Convendría advertir, por último, que Echave Ibía murió en 1643, cuando el futuro Echave Rioja apenas contaba con 11 años de edad. Está claro pues que éste no alcanzó a formarse con su padre pero que sí pudo incorporar sus enseñanzas, recibidas no de manera directa sino a través de las obras que de él debió conocer, diseminadas por las iglesias o que pudieron conservarse en su casa-taller. A la vista de este conjunto de obras, adoptó sin duda diversas soluciones, mismas que complementó con lo aprendido del o los maestros que tomaron a su cargo el llevar a buen fin su formación. Estas circunstancias, de paso, contribuirían a explicar ese lenguaje ecléctico que se advierte en su producción.(12)


* Investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM.


1. El núcleo familiar de los Echave, cuya actividad cubre desde finales del siglo XVI hasta finales del XVII, está conformado por cuatro miembros. Tres que llevaron el mismo nombre de Baltasar –al parecer padre, hijo y nieto respectivamente–, y uno más que se llamó Manuel, el menos conocido de ellos, que fue también hijo del primero. Ver Manuel Toussaint, Pintura colonial en México, México, UNAM, IIE, 1965, pp. 84-97 y 108.

2. Se ignora todo lo referente al origen y traslados que ha experimentado este cuadro. Pero sabemos que formó parte de la colección del artista Karen Ooms (1845-1900) en Amberes y que fue vendido por su viuda, Mevrouw Karen Ooms-van Eersel, en mayo de 1922 (sello de lacre al dorso).

3. A los que para su mejor identificación se convino conocerles con sus apellidos maternos de Orio, Ibía y Rioja, respectivamente. Manuel Toussaint, op cit.

4. Manuel Toussaint, Catálogo de pinturas. Sección colonial, México, Museo Nacional de Artes Plásticas, Ediciones del Palacio de Bellas Artes, 1934, p. 23.

5. Gibson Danes, “Baltasar de Echave Ibia. Some Critical Notes on the Stylistic Caracter of His Art”, en Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, México, UNAM, vol. III, núm. 9; 1942, pp. 15-26. Reproducido en la ilustración 13. En dicha ilustración se alcanza a ver que estaba fechado, pero es difícil precisar si corresponde al año de 1632 o 1638.

6. Fue dado a conocer por Elisa Vargas Lugo en “Una pintura más de Baltasar de Echave Ibía”, Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, México, UNAM, num. 58, 1987, pp. 73-76. Se puede apreciar una reproducción a color de este cuadro en la obra Pintura y escultura en Nueva España (1557-1640) de Guillermo Tovar de Teresa (México, Grupo Azabache, 1992, p. 146).

7. De hecho, este tipo de aureola fue usado frecuentemente por Echave Ibía. La lucen, también, el San Juan Bautista y La Magdalena que se guardan en el Museo Nacional de Arte, en la Ciudad de México (Munal), así como los cuatro evangelistas, ejecutados sobre láminas de cobre; tres de los cuales se exhiben en el Munal y el cuarto en el Museo de Arte de Querétaro.

8. Ver Nelly Sigaud, José Juárez. Recursos y discursos del arte de pintar, México, Patronato del Museo Nacional de Arte, Banamex, IIE-UNAM, 2002.

9. Que, de acuerdo con el estudio a que se sometió y que consta en la información que se me facilitó, es “madera subtropical, probablemente Jacaranda”. Cabría señalar que en la Nueva España las que se usaron con más frecuencia fueron cedro blanco y pino, pero en este caso, al estar dicha madera parcialmente cubierta por “estopa de esparto”, es difícil determinar su naturaleza, que bien pudiera ser cedro blanco que tiene vetas parecidas.

10. Pero el único soporte que permite efectos cromáticos similares muy esmaltados y ricos, en ausencia del metal, es precisamente una tabla de madera compacta, como es el caso.

11. El cuadro más temprano de éste es el lienzo de la Adoración de los Reyes (Museo de Davenport, Iowa, EUA), fechado en 1659.

12. A últimas fechas es el mencionado José Juárez quien más parece haber fungido como su mentor artístico; y es que, aunado al hecho de que hay ciertas noticias que han llevado a pensar que Echave Rioja estuvo, si no como aprendiz, sí como oficial en el obrador de Juárez, están las deudas de índole artística que se pueden encontrar es obras de Echave Rioja para con el lenguaje plástico de aquél.

Inserción en Imágenes: 15.12.10.

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