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Calabaza de todos los santos

 

Amalia Sánchez Velasco*
amalita06@hotmail.com


 

Los objetos de la tradición del Día de Muertos no son meras decoraciones: son elementos a los cuales se les ha incorporado un significado simbólico que produce en nosotros una experiencia.
Con motivo de esta fiesta mexicana, relacionada con la época de cosecha, se coloca un altar en el cual se ofrecen, entre otros elementos distintivos, los frutos de las semillas a los muertos. En algunas tradiciones estos frutos se colocan así, como productos de la naturaleza; en otras, son transformados en alimentos mediante recetas transmitidas de padres a hijos. Uno de estos frutos es la calabaza; en el mundo prehispánico ésta poseía diversos usos, como señala Diego de Landa en su Relación de las cosas de Yucatán (cap. XLIX):

[Hay] muchas diferencias de calabazas, algunas de las cuales son para sacar pepitas para hacer guisados, otras para comer asadas y cocidas y otras para vasos y sus servicios…

      Tal diversidad de usos permanece hasta nuestros días. La calabaza se consume en preparaciones saladas y también como dulce. La composición escogida aquí, para que las ánimas de los santos difuntos y sus familiares compartan en esta festividad, es la llamada “calabaza en tacha”, “dulce de calabaza” o “calabaza de todos los santos”

      Cualquier persona posee un amplio repertorio de recuerdos sobre la comida. Entre ellos, tenemos el del “dulce de calabaza”, imagen que encierra en nuestra memoria la fecha del 2 de noviembre: el olor de canela y perfumados tejocotes, el brillo de la cazuela de cobre y la nostalgia que nos trae el recuerdo de momentos compartidos con seres queridos. Su sabor nos acoge dulcemente en una tradición antigua.
Sigamos con esta tradición y, para ello, con dos recetas: una de Ana María Guzmán de Vásquez Colmenares, tomada de su recetario Tradiciones gastronómicas oaxaqueñas (1985); la otra de Mayo Antonio Sánchez y su recetario Cocina mexicana.Disfrute su preparación y comparta su degustación; pero no se deje llevar hasta el exceso por su delicado sabor, porque como dice el refrán popular: “De golosos y tragones están llenos los panteones.”

La calabaza se corta en cuadros grandes y se remoja durante varias horas en agua suficiente donde se disolvió la cal. El agua debe cubrir todos los trozos de calabaza. Después de ese tiempo se enjuaga y se escurre.

      En una olla de barro o cazo de cobre se hace un tapesco** con la caña para que los trozos de calabaza no lleguen al fondo. Se agrega el agua, la panela, la canela y tres hojas grandes de higo; se coloca la calabaza, se cubre con las otras hojas y se hierve a fuego suave durante tres horas.
Se retira del fuego y durante los dos días siguientes se hierve igual, hasta consumirse la miel. Se coloca en un platón y se adorna con la caña del tapesco.

Se pela la calabaza y se parte en trozos regulares. Se pone en una cazuela rodeando la pieza entera de piloncillo con la raja de canela y los tejocotes bien lavados, distribuidos entre la calabaza. No se le pone agua. Se tapa y se deja a fuego lento. De cuando en cuando se mueve suavemente para evitar que se pegue, pero no debe hacerse a menudo para que no se desbarate la calabaza. Cuando ya esté suave se quita de la lumbre y se sirva sola o con leche fría. Este dulce parece ser de la predilección de los muertos, ya que nunca falta en los altares del Día de los Fieles Difuntos.

*Amalia Sánchez Velasco es licenciada en Gastronomía. Actualmente estudia la Especialización en Historia del Arte en el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM.
**Tapesco: rejilla de olotes o caña de azúcar que se coloca en el fondo de la olla, donde se cuecen al vapor algunos platillos, especialmente los tamales.

 

Inserción en Imágenes: 31.10.06.
Foto de portal: Fragmento de Zompantli (Muro de Cráneos) en el Museo del Templo Mayor.



   
Instituto de Investigaciones Estéticas
UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO