Roberto
García Moll*
gmoll@prodigy.net.mx
Arturo Pascual Soto: El
Tajín. Arte y poder,
México, Instituto de Investigaciones Estéticas,
UNAM/Instituto Nacional de Antropología e Historia,
2009.
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Este libro de Arturo Pascual Soto orbita en la amplitud
académica de todo lo escrito hasta hoy acerca
del tema, tanto desde un enfoque arqueológico
como desde la historia del arte. En consecuencia, los
planteamientos y las soluciones, al extenderse sobre
tan vasta plataforma, dejan necesariamente abierto el
discurso en torno a la piedra integrada al espacio y
a la arquitectura, donde se registran los hechos guerreros
y rituales de los gobernantes y se percibe, además
del deseo de satisfacer una necesidad espiritual, la
intención de extender e intensificar el pensamiento
colectivo a través de elementos imperecederos,
sean o no de una región en particular o de varias.
Es decir, aunque enriquecidos, quedan abiertos los discursos
arqueológicos, antropológicos, etnográficos,
estéticos e históricos.
Comienza
con “El gobierno de las imágenes: los orígenes
de la civilización”. Se refiere a la que
desarrollaron, durante los mil primeros años de
nuestra era, los asentamientos prehispánicos ubicados
a lo largo del arroyo Tlahuanapa, que fluye junto al
Tajín con dirección al río Tecolutla
y al Gofo de México, en los bosques tropicales
del norte de Veracruz.
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Sin
duda fueron sitios con división del trabajo organizada por una
clase dominante y con un sistema de creencias que devino en relaciones
sociales más complejas y estructuras de poder cada vez más
centralizadas hasta formar elites o grupos dominantes que son los que
figuran en los rituales y los símbolos. Por ejemplo, la jerarquía
social se vuelve evidente en los relieves escultóricos que aluden
al juego de pelota para denotar la cantidad de poder que poseía
y centralizaba el vencedor más que el hecho mismo de la decapitación
del vencido.
El autor señala que fue al comenzar el periodo Clásico temprano,
hacia el año 350, cuando en la región del Tajín se
manifestó la expresión material del poder a través
de las plazas donde se levantan los templos y las casas construidas en
las terrazas de las laderas que miran a los afluentes del arroyo Tlahuanapa.
Apunta
entonces, a manera de ejemplo, hacia Morgadal, sitio arqueológico
en el que se han recuperado materiales que dan cuenta de la distribución
espacial de una vivienda y de la vida cotidiana de sus moradores, y colateralmente
de que esas personas formaron una comunidad que tenía relaciones
de intercambio con otros sitios y en particular con el gran proveedor
mesoamericano de obsidiana hacia el año 250: Teotihuacan. Esa poderosa
urbe también exportaba diversos utensilios cerámicos, algunos
de los cuales, en manos de las clases dirigentes, se incorporaban a las
prácticas rituales y al pensamiento religioso.
El texto
borda generosamente en torno de la que llama “conducta funeraria”,
a partir de la evidencia arqueológica de materiales óseos
localizados que demuestran que el sacrificio humano constituyó una
práctica ritual definida; una que –propone– en la región
del Tajín debió relacionarse con los fundadores de cada
linaje, y concluye que ciertos privilegios eran hereditarios y perpetuaban
los derechos genealógicos, aunque queda suelto el cabo de las reglas
de tal herencia en El Tajín y otros sitios mesoamericanos hasta épocas
muy tardías, sin claridad a propósito de la vía paterna
o materna, filial, fraternal y otras opciones de sucesión.
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Cobra
singular importancia la representación de la línea
de los gobernantes hasta llegar al que Alfonso Caso identificó con
el símbolo calendárico 13 Conejo y adjudicó al
periodo Epiclásico (entre los años 650 y
1000). Por medio de estas figuras de jugadores de pelota
se reflejan las funciones sociales de los personajes, a
la vez que se enaltece la armonía de los signos.
Unas y otros son el hilo conductor de la obra, pues no
obstante las variantes formales de la indumentaria, comparten
un elemento que, como si fuera un símbolo, denota
que pertenecen a una elite: el tocado a base de dos bandas
entrelazadas. De 13 Conejo el autor señala que en
la epigrafía e iconografía figuran personajes
que ostentan el mismo nombre y que la manera de identificar
entre ellos al gobernante verdadero es localizar la efigie
que lleva los brazos cruzados sobre el pecho.
Argumenta
por analogía que la adopción local de las
estelas y el uso de los grandes bloques de piedra en los
paramentos de las canchas de los juegos de pelota pueden
tener relación con el proceso de carácter
general que incidió en la cultura del Protoclásico
(años 100 a 250), asociada desde finales del periodo
Preclásico o Formativo con el surgimiento de una
clase dirigente en el seno de una sociedad cada vez más
compleja. Llega a esta conclusión a través
del puntual análisis de los diferentes ejemplos
que hay en los sitios de Cerro Grande, La Concha, Vista
Hermosa, Morgadal Grande y El Chote.
Enfatiza
que para lograr una mayor puntualización es necesario
construir indicadores arqueológicos confiables que
posibiliten aproximarse de mejor forma a definir el estatus
político de estas primeras ciudades y sus gobernantes,
puesto que sus creadores no seleccionaron ni la temática
ni el estilo, aspectos que dependen y se supeditan a las
exigencias de la clase social que establece el orden de
un ser o de un grupo político.
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El
autor retoma el argumento de que, al final de la era teotihuacana
(hacia 650), se dio un complejo proceso de redefiniciones
culturales a lo largo y ancho de Mesoámerica, impregnadas
de manifestaciones con un fuerte sello regional, y que
fue entonces cuando el asentamiento del Tajín alcanzó la
plenitud en el patrón panmesoamericano como un sitio
con definición propia y en un nuevo orden político
en el que se revisaron las antiguas estrategias políticas
y comerciales. Entre las cuencas de los ríos Tecolutla
y Cazones –sorpresivamente a los pies del lomerío
que en otro tiempo sirvió como núcleo del
sitio regional–, El Tajín alcanzó el
liderazgo comercial en el Clásico tardío.
Es decir, al poniente del primer asentamiento –años
220 a 450–, según se observa al localizar
en el sitio arqueológico las plazas y edificios
del periodo Clásico: en el lado oeste del primer
edificio, los depósitos arqueológicos indican
que los relieves de piedra de los primeros gobernantes
corresponden al Clásico temprano.
De
los rituales de decapitación dice que se trata de
una temática que estilísticamente proporciona
una cronología, ya que parecen ser más antiguos
de lo que se piensa en la región, y que, relacionados
con episodios militares, son referidos nuevamente hasta
el siglo vii en los relieves del Juego de Pelota Sur, justo
cuando El Tajín era el primer gestor comercial con
un valor estratégico para la continuidad del asentamiento
hasta el siglo x, como lo evidencian los materiales arqueológicos.
En ese periodo la región estuvo en mayor parte poblada
y El Tajín acrecentó su poder político
y militar.
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De singular
importancia es el señalamiento de Arturo Pascual cuando expone que, desde
el punto de vista lingüístico, todo parece indicar que no hubo totonacos
en la llanura costera del Golfo antes del siglo ix, a pesar de que por ahora
no está en posición de saber hasta qué punto éstos
perdieron su individualidad, entendida aquí en estricto sentido arqueológico,
ante el empuje de la civilización de El Tajín.
Añade
que no queda clara la composición étnica que
prevalecía en la montaña, ni su diversidad
en los territorios de los que se adueñó, pero
que se puede afirmar que los altares asociados con rituales
de decapitación –que parecen ser más
antiguos en la región, relacionados con episodios
militares– refieren al siglo viii, justo cuando El
Tajín era el principal gestor comercial, según
lo constatan los materiales arqueológicos.
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Finaliza
el trabajo señalando que si bien se afirma que se
ha desdibujado la identidad de los totonacos hasta el punto
de hacerlos desaparecer del escenario cultural de Mesoamérica,
esto no es así, sino que quizá ha habido una
reacción de totonaquización del ámbito
arqueológico veracruzano, ligada a una visión
superficial de la historia antigua de México, pues
sería absurdo no aceptar que los totonacos terminaron
por estar en la costa y fueron parte esencial de El Tajín,
sitio que compartió con otras antiguas ciudades como
Morgadal Grande y Cerro Grande el mismo sustrato cultural
y cuyas construcciones, monumentos y objetos líticos
dan cuenta de una sociedad que creía en los poderes
sobrenaturales del soberano, donde la elite divulgaba el
carácter sagrado del gobernante, convirtiéndolo
en el centro del culto ceremonial.
* Arqueólogo. Fue director del Museo Nacional
de Antropología. Ha estado al frente de varios proyectos arqueológicos.
Inserción en Imágenes: 18.11.10.
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